ROCINANTE 139

L L uis Sepúlveda tenía la ca- pacidad de vivir y escribir en concordancia con unos mismos principios. Ese fue el sello distintivo galvaniza- do en su espíritu de aventure- ro, de transeúnte de la vida que recorrió convencido, como él decía, de «haber nacido pro- fundamente rojo», color de un desasosiego que al final de sus días ya se había convertido en serena pasión. Luis deja una sentida evocación entre familiares y amigos en Ecuador, luego de su muerte el pasado 16 de abril acaecida en Gijón, Espa- ña, a su regreso de Portugal, donde participó en el Sa- lón del Libro Iberoamericano de Povoa de Varzim. Durante Luis Sepúlveda y el desasosiego de vivir El autor chileno es una de las víctimas del covid-19. En medio de su vida trashumante, residió en Quito temporalmente, donde dejó amigos y familia que lo recuerdan con cariño ■ ■ Leonardo Parrini el viaje contrajo el virus que lo aniquiló con vertigino- sa agresividad. Vivir para escribir Oriundo del sur del mundo, nacido al norte de Chile, en Ovalle, en 1949, Luis fue hijo de un viejo militante comunista, Luis Se- púlveda, y de Irma Calfucura, enfermera de origen mapuche que fue raptada por su pareja. Durante el secuestro tuvie- ron al hijo, «en fuga de amor bajo mandato de captura», con oposición de toda la fami- lia al romance. Luis, tempranamente, se echó a vivir y recorrió HOMENAJE 46 Rocinante

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